Un mal día…como otro cualquiera
Era una mañana soleada. Como todas las mañanas cogí mi bicicleta y emprendí el camino hacia mi lugar trabajo, la cafetería de mi tío. Mientras él se dedicaba a mandar desde una banqueta, yo atendía a la clientela que no dejaba de quejarse porque no daba abasto. Cada mañana me enfadaba ante la impotencia que me producían las voces chirriantes de los clientes reclamando mi atención para servirles el desayuno. Un señor que estaba sentado en un extremo de la barra y leyendo el periódico, era el único que mantenía la compostura ante tal caos. Cuando conseguí atender a aquel señor con el rostro alegre, Juana, la viejecita gruñona de la mercería de al lado, me pidió la cuenta con su peculiar tono de voz. Me dirigí hacia ella y la despaché rápido para que no crispara más mis nervios, cogí las jarritas de leche y por fin le pude poner el café a aquel señor. La gente seguía reclamando desayunos así que tuve que acelerar la marcha de mi trabajo. De repente me quedé mirando la televisión, un trágico suceso llamó mi atención. De fondo, escuché la voz del hombre situado en un extremo de la barra. Por su cara supuse que algo no había sido de su agrado: ¿el ambiente del local?¿o el café quizás? Lo que sí sabía es que aquel hombre había empezado con buen pie el día pero la mañana no se desarrollaba como él quería. Se fue de la cafetería y me quedé mirándolo. Algo teníamos en común aquel hombre y yo: esa mañana se inauguraba el comienzo del que no iba a ser un buen día, con la diferencia de que quizás eso, ya no era extraño en mi vida…