Relato
Como cada martes, mis tíos anoche vinieron a cenar con sus cinco hijos. Mientras cenábamos todos juntos veíamos el fútbol, acontecimiento que es inevitable en mi casa. Al ver a Ronaldinho, me acordé del anuncio de las natillas. Recordé por un momento las fabulosas natillas con galleta que mi abuela hace cada vez que voy al pueblo y me produjo antojo de saborearlas pero tenía que conformarme con las que había en la nevera.
Cuando todos se marcharon, la mesa seguía puesta. Estaba repleta de platos, vasos, refrescos…y estaba hecho un caos por las travesuras de los críos. Me dirigí al frigorífico y allí reposaban las deliciosas natillas que tanto anhelaba. Me senté en un extremo de la mesa, como diría mi abuelo, “presidiéndola”, abrí las natillas lentamente y rebañé los restos que suelen quedar en la tapa. No quería desperdiciar ni una gota. Metí la cuchara mientras me relamía los labios. Me sentía bien en la soledad de medianoche, todos dormían, reinaba un silencio atronador.
De repente, un estruendo rompió mi tranquilidad. Procedía de la planta de arriba de la casa. Con la cuchara en la boca y mis cinco sentidos en alerta, levanté la cabeza lentamente hacia arriba. Después de unos segundos mirando al techo, decidí no darle importancia y volví a mi estado de paz suprema.
Instantes después, otro ruido algo más prolongado y seco me puso en guardia, parecía como si alguien hubiera arrastrado una silla, algo imposible ya que todos dormían. Comencé a sentirme extraña en aquella mesa y en mi propia casa. Mi mente se dejó llevar y por unos segundos, voló a una escena de la película “El Orfanato”. La situación en la que yo me encontraba era muy similar a ella: la mesa puesta, yo sentada en un extremo de la mesa, el silencio, mi angustia…Recuerdo que esa escena en concreto me marcó por la tensión tan intensa que transmitía. Así me sentía yo en ese momento, tensa como un cable de acero, asustada como un niño en la oscuridad. Este fue el comienzo de una mala e inquieta noche.
A partir de ese momento, todo lo que hacía lo relacionaba con la película, todo evocaba situaciones de auténtico pavor hasta el hecho de desplazarme por mi casa, era imposible no volver la mirada hacia atrás…
Me dirigí a mi habitación, recuerdo que el camino se hacía interminable. Me metí en la cama, tapé mi cuerpo hasta las orejas, apagué la luz y cerré los ojos tan fuerte como si de un mecanismo de autodefensa se tratase. Pero no concebía el sueño, mi pensamiento sólo se dedicaba a revivir esos momentos de pánico que pasé viendo la que, hoy por hoy, es una de mis películas favoritas.