Como el Caballito
Sábado, Abril 12th, 2008Ahora sí, ahora no. El otro día estaba con mi primo pequeño, tiene solamente 4 años, se empeñó en colocar su caballito de peluche (mide casi un metro, da hasta miedo) en el centro de la habitación, en medio, quería que todos lo vieran y, orgulloso, cada vez que alguien entraba en el piso, lo dirigía hacia su cuarto, y le señala el caballo gigante, se subía en él, afirmando, es mío, lo quiero y lo uso. Un par de días estuvo el caballote estorbando, ni mi tía, con sus artes de madre, consiguió que el niño entrara en razón y apartara el caballo.
Días después, la fiebre del caballo se fue diluyendo, y cada vez le hacía menos caso, porque estaba seguro de que su “Spirit” no se movería de allí, que lo tenía asegurado, y que se había metido en el bolsillo a todos los que importaban. Incluso una tarde llegó a quitarlo del medio (pero poco), porque le estorbaba para jugar.
Pero cuando llevaba un rato jugando con otra cosa, una vecina llamó a la puerta, y entró con su hijo, de la misma quinta que mi primillo. Tras los saludos iniciales, los dos niños se distraían en el cuarto, y al vecinito se le ocurrió poner el caballo en el centro de la habitación, estorbándole un poco cuando él jugaba con otra cosa. Entonces mi primo, con su lengua de trapo dijo: Oye, no lo pongas ahí, que molesta y mi madre me va a regañar.
Después se dirigió decidido hacia la vecina y le dijo, con un desparpajo que nos dejo K.O.: Regáñale a Luis, que está utilizando mi caballo y desordena mi cuarto. Mi tía sorprendida le dijo: Oye, no seas así, deja que juegue con él, ¡si eras tú el que lo has puesto en medio, además te gustaba mucho que estuviera ahí y jugar con él. “Ya, pero ahora molesta y estorba en mí cuarto, no quiero que nadie lo use”.
No eran celos, porque hacía rato que el vecino no jugaba con él, era simplemente que había cambiado de opinión y ahora no quería que jugaran en el botellódromo, perdón, que diga, con el caballo de peluche.
