NOTICIAS FRESCAS
Junio 13th, 2008 by mbarrutiaHOLA BLOGEROS.
OS COMUNICO QUE PODÉIS VISITAR MI NUEVO BLOG, YA ALGO AVANZADO EN LA SIGUIENTE DIRECCIÓN:
http://www.historiasdeunaesquimal.blogspot.com
UN SALUDO A TODOS.
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Un tipo que se considera “simplemente curioso” y que necesita entender “por qué las cosas están en un sitio y no en otro”. Así es como se define Pepe Rodríguez, el conocido periodista de investigación catalán, que ayer por la noche deleitó a un público reducido en el Ciclo de Periodismo de investigación impartido por la Fundación Andaluza de la prensa.
Rodríguez plantea la idea de que el periodismo de investigación en España es de muy baja calidad. Incluso llegó a declarar que en algunas circunstancias le “da vergüenza cómo se trabaja” porque considera que la información no se contrasta, tanta que por eso “no ejerce como periodista” y va por libre sin depender de nadie. Afirma que la actualidad no es más que una excusa publicitaria prueba de ella es la publicidad tan abundante que tienen los medios de comunicación. “En los periódicos no hay información de calidad, está todo confundido. El periodista no es más que un relaciones públicas, es más, lo único cierto de la prensa es la publicidad que está en un marco muy determinado”.
El argumento con más valor con el que Rodríguez defendió su postura fue la falta de comparación entre las fuentes. “El periodista recibe en su mesa una nota de prensa y la publica sin investigar”, explica, o “después de varios meses de investigación solo tienes una página y al final se publica un resumen paupérrimo”, dice el ponente. Asegura, además, que los nuevos métodos de investigación, como por ejemplo la cámara oculta, no son más que una pseudoinvestigación que “ha hecho del periodismo de investigación un esperpento, un espectáculo”.
Como ejemplo, explicó el caso de la secta ‘Los niños de Dios’. El mundo de las sectas, como bien dijo el experto, no es más complicado que el de otros, tales como grupos políticos radicales. Según Rodríguez, en este caso, se hizo “una chapuza”. Surgió la mentira de que la secta practicaba abusos sexuales a menores como cultura y posteriormente en el juicio se aclaró que no era cierto. “Se hizo el ridículo”, dice el periodista, “en una sentencia de cuarenta y dos folios no había ninguna evidencia y al final se hizo daño a la comunidad”. Otro ejemplo que puso sobre la mesa fue la declaración de Mayor Oreja, en su día, cuando explicaba que en España había doscientas sectas peligrosas; el experto rebatió lanzando la pregunta de por qué no había doscientos juicios pendientes, llegando a la conclusión de que en España se “investiga de pena”.
En el debate que continuó a la ponencia, Rodríguez aseguró que sus declaraciones son de carácter absoluto porque “aporta nombres y casos concretos sin escudarse en lo genérico”, de hecho presumió de no haber perdido, hasta el momento, ningún pleito a los que se enfrenta.
El otro día fui a ver un partido de baloncesto de unos amigos. Era un domingo por la mañana y pensé que, al igual que yo, la mayoría de las personas irían con una resaca de esas que hacen historia y sería una actividad tranquila, agradable teniendo en cuenta el momento de la semana que era. Pues no. Yo no estuve presente en el Alzamiento Nacional del 36, pero cuando yo entré al pabellón había algo parecido: el partido eran cuartos de final y la guerra entre gradas y banquillos había comenzado ya en el calentamiento.
Me senté con las mujeres del equipo en la grada correspondiente. Las del otro equipo habían vestido a uno de los hijos de España baloncesto y para colmo le habían dado un bote de esos que pita como un demonio para animar a su padre que, por cierto, estaba en el banquillo con los calcetines, como el que hace la comunión, a la altura de las rodillas. Otra niña llevaba unos aplaudidores, o por lo menos así llaman a esa especie de varas hinchables que hacen un ruido casi más desagradable que el de la bocina diabólica. Ambas cosas retumbaban en mis oídos y cuando los dos enviados del infierno actuaban a la vez, la resaca hacía que me palpitara el corazón entre los ojos.
En el primer cuarto iban empatados. En el segundo perdíamos de veinte. En el tercero perdíamos de siete. En el último cuarto, a tres interminables minutos del final íbamos perdiendo de dos. Eso los jugadores, porque en lo que respecta a las hinchadas, hasta el tercer cuarto iban ganado las otras. En el último cuarto gritábamos todas igual de fuerte. Por un momento pensé que no se podía ser más mal educado, porque, realmente habían emprendido (habían, porque yo comía pipas) una auténtica guerra a pleno pulmón en la que no sólo se disputaban el insulto más descabellado sino que se defendían, a su estilo, de no tener el marido más calvo. Triste, pero tan cierto como que una de la grada contraria casi vomita de todo lo que gritaba. A todo esto, los enviados del infierno seguían con sus instrumentos y los ojos fuera de las cuencas de odio.
Dos minutos a reloj parado, personal a favor. El jugador agredido se pone en la línea de tiros libres. Máxima tensión. Máximo volumen y descaro en la grada contraria. Cuando todos pensábamos que no se podía ser más burro, cuando yo pensaba que me podía ir tranquila habiendo oído todo lo escuchable, se levantó Mariquilla. Mariquilla era una chica vasca, de un metro cuarenta de alto y de ancho también y que además era la pareja del responsable de los tiros libres. En esa coyuntura, la mujer, sacando la voz desde lo más hondo de su ser (que aunque era poco fondo consiguió reventar más de un tímpano), se puso en pie en el asiento y embocó la siguiente oración motivadora por encima de cualquier estruendo: “Vamos, hijo de puta, mete los dos putos tiros libres”. Otra circunstancia en la que a la persona le supuró sensibilidad de todos y cada uno de los poros de su piel.
Para colmo, el pobre, supongo que impresionado más que motivado, falló, por falta de uno, los dos tiros. “No importa, cabronazo, vamos arriba”. Lo que me llevó a deducir que esas palabras eran de aliento, del aliento más puro que pueda mover el amor. A mí se me cortó la digestión de las pipas y me volvió el dolor de cabeza. Eso sí, los enviados del infierno se callaron y dejaron sus instrumentos de tortura en el suelo con pulso temblante. No me extraña. Al final, el otro equipo falló otros dos tiros libres, nosotros metidos otros dos y nos llevamos la victoria tanto en cancha como en gradas, supongo que gracias al, tan incondicional como sutil, apoyo de Mariquilla.
El otro día fui a cenar con un compañero de colegio al Wook de Huétor Vega. Sí, sí, el bufé libre de comida asiática que dicen que tiene en el sótano un taller clandestino y que de paso le echan elementos químicos a la comida, el mismo. En la mesa que teníamos delante estaban sentadas tres especímenes autóctonos, de género femenino, con las hormonas revolucionadas y los dieciocho recién cumplidos. Durante la cena, además de hablar a voces, entonaron a golpe de palillo chino en el canto de las copas diversos villancicos y algún que otro reguetón. A pesar de las circunstancias, lo sorprendente no fue semejante concierto de voces angelicales con espinas. No…
Al rato de llegar, se abrió la puerta de la calle y todo el mundo se volvió. Al ritmo de unos tacones considerablemente altos, se mecían sobre la afinada estructura las caderas de una mujer, que a mí, que no me atraen en absoluto, me pareció despampanante. Joven, bastante alta, morena, noventa, setenta, noventa y con un escote mejor colocado que la Torre de la Vela. Yo me fijé, porque era para fijarse. Maquillada de forma discreta y vestida elegantemente, sujetó la puerta de la entrada a su acompañante: un tipo que iba en chándal y además llevaba un agujero en la zapatilla en la acusada zona del pulgar derecho. Eran como las luces cortas y las largas, que unas son agradables y otras dañan la vista. Para colmo, el muchacho, que adelantó caballerosamente a la muchacha a la altura de los calamares, eligió, teniendo la sala casi vacía, justo, la mesa continua a la mía. Magnífico.
La chica, además de estar de buen ver olía de escándalo. El tipo, además de un agujero en el zapato, tenía la chaqueta del chándal con unos lamparones como para llamar al Genio (se ve que uno de sus deseos fue la compañía). Eso solo lo aguantan tres personas: tu madre, tu hermana y tu abuela, y ella no tenía pinta de ser alguna de las citadas. Pero allí estaba ella, intentando cogerle la mano al tipo de vez en cuándo. Sorprendente. Teniéndoles tan cerca como les tenía, no pude evitar escuchar la conversación: la chica intentaba llevar la conversación, al menos, con dulzura, y el tipo se limitaba a hacer una crítica de lo que hablaban las adolescentes gritonas, incluso estando de espaldas.
El colmo fue cuando los presentes advertimos que las tres niñas tocaban retirada porque tenían que ir a “visitar al Jonny ar pá” y, para ponerse guapa, una de ellas se colocó todos los palillos chinos, un total de seis, en una especie de moños con un estilo peculiar. El manchitas, ni corto ni perezoso, se dio media vuelta y, a la vez que los poros de su piel le empezaban a supurar sensibilidad masculina en forma de haces de luz, socarrón, le dijo a su espectacular acompañante “termínate eso, corre, que las veamos salir con los palillos”. La chica puso sus tacones, sus caderas y su tono más árido en funcionamiento y respondió “sí, y me voy a mi casa ya de paso”. Normal. Lo raro es que llegaran al restaurante juntos.
Tampoco es que haya que llorar porque te estés comiendo un pollo con naranja para demostrar sensibilidad, pero unos mínimos, aunque sea por propio beneficio, y nunca mejor dicho. Bueno, visto lo visto, le quedan unos cuantos deseos.
El otro día en el supermercado estuve parada delante del estante de las latas de atún cerca de tres minutos. No encontraba la marca que tengo por costumbre comprar y no sabía cuál elegir. Me decidí, cómo no, por la siguiente más barata a la habitual. Tres céntimos de diferencia por arriba y por abajo con la siguiente. Acto seguido compré una lechuga Iceberg, por un momento tuve tentación de comprar un paquete de cogollos, pero la otra, además de ser más barata es más grande. ¿Compro cereales? Quizás la semana que viene…La leche, a ver dónde está… bueno, aún queda, ya la compraré otro día. La elección del pollo duró al menos siete minutos. ¿Compro muslo o sobre muslo? ¿Cuál pesa más? La pechuga troceada… No, dice la etiqueta que es mejor entera… Ya la parto yo en mi casa… ¿O quizás sea mejor el conejo?
Al día siguiente, el bonobús no tenía viajes y tuve que pagar con un euro del que me devolvieron cero céntimos. El autobús llegó pronto a su destino y me dio tiempo a desayunar en la cafetería antes de ir al trabajo. “Un café y una de tomate, por favor”. Sentada en la barra tragándome las sobras de un insaciable consumidor de tabaco, me dispuse a leer el periódico. Me centré un poco en las noticias de economía, no las suelo leer, pero la ocasión lo merecía. El plato con la tostada se deslizó medio metro sobre el mármol de la barra, y sentí miedo al verme con el plato en la boca o la tostada pegada a la chaqueta. Temí que pasara lo mismo con el café y, presta, me levanté a auxiliar al camarero dándole las gracias por su exquisito servicio.
La mañana, llena de amenazas, no terminó ahí. “Son dos euros, señorita”. Mirando unos segundos el contenido del monedero pagué, con resignación, con moneda exacta. El camarero, quien supongo que no gozaba de plenas facultades mentales, me sugirió con voz alegre que faltaba dinero. Por un momento me imaginé dando un salto de metro y medio, quedando suspendida en el aire con los brazos en cruz y las piernas flexionadas… ¡Zas! Patada lateral en la oreja del personaje malo y caída espectacular con voltereta sin despeinarme ni rajar las costuras de la chaqueta. “¿Perdón?”, opté por responder finalmente. “Sí, falta un euro de propina por el café”, dijo el guasón. “Dicen por ahí que el café son treinta céntimos, así que está justo”, contesté.
El chiste como monólogo del club de la comedia no tiene precio, igual que el del camarero. Pero después del tetris de precios de la cesta de la compra, gracia, lo que se dice gracia, podemos decir que escasa. No sabremos lo que vale un euro, pero nos estamos enterando de lo que vale un peine.