Dos vidas en una historia. Primera parte
Martes, Abril 15th, 2008EL CAMARERO
“Cada día la misma rutina”, piensa Andrés mientras se abrocha los botones de la camisa que lo convierte en esclavo de su trabajo. “Algún día dejaré este empleo, volveré a estudiar y así podré aspirar más alto”. Pero este pensamiento sólo apacigua sus deseos de abandonar el negocio de la hostelería. En realidad, él sabe que no puede prescindir de su puesto ya que necesita el dinero para pagar la manutención de sus dos hijas, cuya custodia está en manos de su ex-mujer.
Cuando termina de vestirse, Andrés sale del dormitorio y abandona el piso en el que se aloja desde hace apenas ocho meses. Se dirige a la parada de autobús y se dispone a esperar el número 21, que lo deja cerca del bar donde trabaja de siete y media de la mañana a cinco de la tarde. Pero, como de costumbre, el autobús no aparece.
Andrés recuerda las palabras de Tomás, su jefe, y un escalofrío recorre su cuerpo: “La próxima vez que llegues tarde estás despedido. No quiero en mi local a un camarero que no se toma en serio su trabajo”.
Por fin, a las siete y diez aparece el número 21. Andrés sabe que no llegará puntual al bar. Sube al autobús y en el trayecto imagina las consecuencias de quedarse sin empleo, con la esperanza de que un milagro lo salve del despido.
El reloj marca las ocho menos cinco cuando Andrés llega al bar. “Buenos días”, le dice a Tomás con voz temblorosa. Éste, ocupado haciendo un par de cafés, contesta: “¿Buenos? Para tí dudo que lo sean”. El rostro de Andrés se desfigura, su jefe continúa hablando: “Nunca llegas a tu hora y mi paciencia tiene un límite. Estás despedido, éste es el último día que trabajas aquí”. Acto seguido, Tomás sirve los dos cafés y sale de la barra para ir al almacén.
Un sentimiento de impotencia y rabia invade a Andrés, quién decide vengarse de su jefe: “No voy a ser el único que salga hoy de este bar y no vuelva a entrar más. Todo cliente al que yo atienda deseará no haber venido nunca”.
En ese preciso momento entra un hombre que se acerca a la barra y se sienta en un taburete esperando que le atiendan. Andrés ve en él a su próxima víctima. “¿Qué le pongo caballero?”, le pregunta disimulando la sonrisa que se dibuja en sus labios. “Un café con leche, por favor”, responde amablemente el cliente. Andrés coge una taza, la pone en la cafetera y cuando está llena se la coloca delante. A continuación va a por la leche, que ya había calentado hasta el punto de ebullición, y vuelve a situarse delante de quién está a punto de ser su primera víctima. “Estará templada, ¿no?”, pregunta el cliente. “Sí, ¡está fresquita!”, responde Andrés echando la leche hirviendo en la taza. “Se va a arrepentir de haberme despedido”, piensa, y se dirige hacia una mujer que está en la barra. “¿Qué desea tomar?”.