Dos vidas en una historia. Segunda parte

EL CLIENTE

A sus cuarenta, Sergio atraviesa su mejor momento. Felízmente casado con una guapa abogada desde hace siete años, por fin ambos han visto cumplido su sueño de convertirse en padres. En el plano laboral, dirige una exitosa empresa de instalaciones eléctricas que le permite llevar una vida desahogada económicamente.

Son las siete y media de la mañana, Sergio abre los ojos y al mirar el reloj que hay sobre la mesita de noche se percata de que se ha quedado dormido. Debe estar a las nueve en una importante reunión y el despertador no ha logrado perturbar su sueño.
Se levanta rápidamente, se ducha y se viste. Antes de salir del dormitorio besa suavemente a Lucía en la frente. Ésta, embarazada de siete meses, ha dejado de trabajar en la empresa de su marido debido a su avanzado estado de gestación.

Sale de su casa y, mientras va a la cochera a sacar el coche, calcula el tiempo del que dispone para desayunar. No puede ir a su cafetería habitual, está demasiado lejos del edificio donde tiene lugar la reunión, así que decide dirigirse directamente a la zona en la que se encuentra el edificio y buscar allí un bar.

Sergio aparca el coche en frente del lugar donde veinte minutos más tarde debe esperar a los empresarios con los que ha quedado. “¡Que suerte tengo!”, piensa cuando ve que justo al lado del edificio hay una cafetería. Se baja del coche, coge su maletín y entra al local. Se sienta en la barra y espera a que le atiendan. En seguida, uno de los camareros se acerca a él y le pregunta qué desea tomar. “Un café con leche, por favor”, contesta. Al momento, el camarero vuelve con la taza llena de café, se la coloca delante y va a por la jarra de leche. “Estará templada, ¿no?”, pregunta cortésmente Sergio, quién odia la leche excesivamente caliente. “Sí, ¡está fresquita!”, le responde el camarero mientras vierte la jarra sobre la taza.

Abre el periódico por la sección de deportes y, al par que lee los titulares, coge la taza y se la aproxima a la boca. Al beber, siente como el café le quema la lengua y el paladar. ¡Está hirviendo! Sergio siente un irrefrenable deseo de insultar al camarero y pedirle explicaciones, pero nunca le ha gustado discutir en vano. Además, el daño ya está hecho, así que nada puede conseguir enfrentándose al camarero. Sólo perder tiempo, y no puede permitírselo, ha de ser puntual en su cita.

Sergio saca la cartera, deja un euro y diez céntimos en la barra y sale del bar apresuradamente. “Si hubiera ido a la cafetería de siempre ésto no habría ocurrido”, piensa mientras entra en el edificio. “¡Qué precio más alto he pagado por quedarme dormido!”, sonríe recobrando su buen humor habitual. “No me volverá a ocurrir”.

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