La importancia de ser tú mismo

David era un chico peculiar, a sus veinte años de edad aún seguía manteniendo los hábitos y costumbres que tenía cuando era un niño. Le gustaba adornar sus apuntes de la universidad con multitud de colores y dibujos, podía pasar horas y horas delante del televisor viendo sus series de dibujos animados favoritas o leyendo libros del Barco de Vapor.

Todos los días, al salir de clase, solía visitar el parque que había justo delante de su casa, dejaba a un lado su mochila y disfrutaba durante un rato de los columpios. Mientras se balanceaba lo olvidaba todo, la universidad, los compañeros de clase que no dejaban de meterse con él o sus padres que le pedían constantemente que madurase de una vez. A David le gustaba ser así, era feliz de esa manera y se ahorraba las preocupaciones típicas de la gente de su edad. Solo durante los quince minutos que pasaba al día balanceándose en el columpio conseguía ser él mismo, quien de verdad quería ser.

Un día, cuando llegó al parque, observó que los columpios ya no estaban y una inmensa sensación de inquietud se apoderó de él. Se dio cuenta de que no podía pasar toda su vida confiando en no crecer, su cuerpo se desarrollaba de forma natural y su mente también debía hacerlo. Tomó la decisión de dejar atrás al niño que llevaba dentro y lanzarse a la aventura de llevar una vida acorde a su edad; comenzó a vestirse como un joven de veinte años, a buscar trabajo e incluso a conocer chicas. Sin embargo, después de un tiempo actuando así se dio cuenta de que no se sentía bien consigo mismo, no le llenaba su nueva vida, quería seguir siendo un niño, ver películas de Disney y pasar el tiempo jugando como hacía anteriormente.

Iba caminando hacia su casa, como todos los días, sumido en esos pensamientos que no dejaban de rondarle la mente, cuando tropezó con Lucía, una chica increíblemente guapa y con aspecto aniñado, a partir de ese momento su vida dio un giro, poco a poco, entre ambos se fue forjando una amistad. La chica enseñó a David que debía vivir de acuerdo a sus años, sin miedo a los problemas que pudieran acecharle, puesto que estos eran tan solo pruebas en el camino, pruebas que debía afrontar sin olvidarse en ningún momento del niño que lleva dentro. Ser niño y adulto a la vez era algo perfectamente compatible, y no tenía porqué abandonar las cosas que le gustaban, solo tenía que aprender a compaginarlas con la vida de adulto que debía llevar.

Lucía le enseñó que no es adecuado ir siempre a contracorriente, sino dejarse llevar, en ocasiones, por lo natural; porque lo importante no es hacer siempre lo que nos resulte agradable, sino conseguir que lo que tenemos que hacer nos resulte agradable.

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